Cada año, cuando llegan las Carreras de Caballos de Sanlúcar de Barrameda, intento buscar una mirada diferente.
No repetir la fotografía del caballo corriendo junto al mar. No quedarme solamente con la velocidad, la silueta o la puesta de sol. Intento encontrar algún elemento que me recuerde dónde estoy, algo que hable de Sanlúcar y que, de alguna manera, forme parte de la historia de estas carreras.
Este año aparecieron dos imágenes que, sin haberlas buscado demasiado, terminaron encontrándose.
En la primera, una cepa de uvas crece sobre la arena de la playa, mientras al fondo los caballos cruzan a toda velocidad. Una imagen casi imposible, pero que reúne varias cosas muy nuestras: la tierra, el mar, la uva y las carreras.
La segunda nació de otra manera. Una mirada a través de una ventana, con el caballo y el jinete recortados frente al mar. Como si durante unos segundos las carreras quedaran enmarcadas y el tiempo se detuviera.
Dos fotografías muy distintas para una misma intención: seguir contando las carreras de Sanlúcar sin hacer siempre la misma fotografía.
Quizás ahí esté lo bonito de volver cada año al mismo lugar: el escenario puede ser el mismo, pero nunca lo es la mirada.


